Los tonos tierra intensos transmiten solidez y arraigo, como el lento latido de algo antiguo y constante. Los rojos, como el azafrán, aportan calidez y vitalidad, y traen consigo presencia y energía corporal. Los tonos dorados y ámbar estimulan el sistema: brillantes y revitalizantes, como los primeros rayos de sol que atraviesan la mañana. El lino, el nogal, la madera y los tonos neutros apagados no compiten por llamar la atención, sino que la regulan. Los tonos azules más fríos, como el turquesa, aportan calma y infunden frescura al espacio.